(Extraido de http://www.facebook.com/notes/antonio-j-baeza/las-industrias-y-los-talleres/437785036954)

Las industrias son grandes, majestuosas, ocupan grandes terrenos. Los tapan de concreto, de metal. Tapan, también, el cielo con humo. Son el ícono del avance de una civilización. Ya sea si ésta tiene su propia industria, ya sea si un país extranjero potente viene a ponérsela (interprétese como se quiera). Una industria tiene muchos trabajadores. Y unos cuantos ejecutivos. Y menos jefes. Mucha gente, pero pocos lazos. El trabajador conoce a su supervisor, con suerte a un jefe menor, pero nunca a su jefe mayor.

Los talleres son pequeños, modestos, algo informales. No son invasivos. Ocupan lugares pequeños, a menudo sin alterar mucho el paisaje que los alberga. En ellos trabaja poca gente. Todos se conocen, todos conocen al jefe.

Las industrias producen todo en serie. La mecanización es la clave. El humano es lento, costoso, alega y comete errores. Muchos errores. Las máquinas, las tecnologías, son las que ponen el talento. La figura clave es el obrero. O más bien, la figura no-clave. Es "lo reemplazable", lo que se puede transar. Lo que se puede despedir, descuidar o pasar a llevar. Lo central son las máquinas.Y entre ellas, la máquina obrera. Las industrias producen de acuerdo a lo que unos pocos deciden en las cúpulas. Los que trabajan allí sólo trabajan según las prioridades que otros consideran. La industria es lo menos democrático que hay. Sea en una sociedad capitalista o socialista. Una asamblea de 500 personas nunca será democrática, pues siempre quedará alguien en silencio que será, más encima, tildado de que "no participa" y todo eso.

En los talleres, las cosas se producen en forma irrepetible. La clave no es la mecanización, sino que la artesanía. La figura, en tanto, es el artesano. Los artesanos sólo arman, moldean o producen; también hacen arte. Todo se acuerda en vivo y en directo con quien solicita el servicio, según los criterios de los mismos que se ensucian las manos haciendo lo que se ha encargado. Las máquinas ahora son las no-claves. Son ellas las que son reemplazables, las que no son nada sin los irremplazables, los artesanos. Así, cada obra producida en un taller es algo único, una obra de arte. Sin embargo, en el taller no se desprecia el aporte de la tecnología. Aunque nunca estará sobre el talento humano.

Las industrias no sólo son aquellas con chimeneas y grandes máquinas físicas. Los colegios son industrias. Las universidades son industrias. La ciencia, incluso, es una industria. Las sociedades occidentales transformaron todo en industria. Todo es despersonalizado. Todo es mecanizado. Las máquinas no sólo son las de metal o las de fibra óptica. Las teorías son máquinas. Los reglamentos son máquinas. Los prejuicios son máquinas. Y tal como las máquinas físicas, seguirán ahí, irremplazables, en su puesto esencial, mientras el humano irá siendo ocupado y desechado.

¿Por qué no hacer esfuerzos para que los talleres constituyan una alternativa para las personas? Si las escuelas fueran talleres, los profesores y profesoras serían maestros, serían una especie de sensei, esos que enseñan pero no con modelos mecánicos, sino que con lazos afectivos, siendo ejemplos, con cuidado, tal como se enseña un arte. No enseñan a ser seres industriales, sino que seres de taller. Nos enseñarían a ser artesanos. Y si las comunidades comenzaran a crear talleres, a producir, irían en un camino mucho más contundente hacia la autonomía y el desarrollo. Incluso, ya no pelearíamos por quien entra a la universidad, porque los talleres serían la gran alternativa, el verdadero lugar para aprender a hacer y a ser, sin andar seleccionando alumnos. Simplemente, acogiendo.

He sido muy breve y es seguro que se me considerará un utópico y un loco. A. J. Baeza.